El estado-nación en la construcción de la Identidad Nacional

 

AUTORES:

- Célica E. Cánovas Marmo*

Coordinadora del Doctorado Interinstitucional en Educación,

- Alberto Álvarez Gutiérrez

Director del Departamento de Educación,

UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA LEÓN 


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El propósito es considerar las dimensiones prioritarias que permiten la existencia de dicha identidad. Por lo tanto, este texto se estructura con los siguientes temas: definición del concepto nación como introducción necesaria para entender los conceptos de identidad e identidad nacional; una caracterización de ambos y, para cerrar, un bosquejo de los desafíos que el Estado mexicano enfrenta para lograr crear una identidad nacional ante el proceso de globalización y el adelgazamiento de la suprainstitución por la propuesta neoliberal del sistema.

Precisiones conceptuales

 

Anderson define la nación como «una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana» (2005:23). Remitiéndose a Seton-Watson, el autor explica que es imaginada porque todos sus miembros no se conocen entre sí pero viven en una implícita comunión. Así mismo, sostiene que es limitada porque nadie ha pensado darle la dimensión de la humanidad; es soberana porque el concepto nació en el contexto de la Ilustración, cuando la Revolución Francesa estaba destruyendo la idea del reino dinástico jerárquico de origen divino. Finalmente, cabe señalar que se entiende como comunidad  porque la idea de nación se concibe como un compañerismo profundo y horizontal, más allá de las desigualdades y explotación que se den en la realidad (Anderson, 2005: 25).

 

Pese a que el concepto de nación se acuñó en Europa, difundiéndose en ese continente a través de obras impresas, fueron los nuevos Estados americanos de fines del siglo XVIII y principios del XIX, donde se originaron los Estados nacionales modernos, al definirse espacial, social y políticamente como naciones y como repúblicas no dinásticas (en esto último, con la única excepción de Brasil).

 

Es necesario resaltar que, en general y con honrosas pero cortas excepciones,[1] estos Estados nacen con la intención de salvaguardar las élites criollas de los movimientos sociales de las clases bajas; sus líderes comparten el mismo origen social, la misma lengua (ya sea española, portuguesa o inglesa, según donde se contextualice la lucha) y buscan emanciparse del poder europeo que los colonizó  (pp. 76-77).

 

Esto hace plantear ciertas preguntas como: ¿cuándo y cómo los sujetos pertenecen a una nación?, ¿de qué manera los sujetos asumen la identidad nacionalidad?, ¿qué papel juega la nacionalidad en la identidad de los sujetos?, ¿cómo entran tales sujetos en un proyecto de Estado-nación?, mismas que serán respondidas a lo largo del escrito, no sin antes establecer qué se entiende por identidad y cuándo se adquiere una identidad nacional.

 

Identidad nacional

 

Este apartado bosqueja el significado y trascendencia de la identidad nacional en las sociedades occidentales contemporáneas. Es alrededor del siglo XIX cuando se despierta el interés por la identidad hasta hacerla una de las características más sobresalientes de la modernidad tardía.

 

Según Guibernau a la identidad nacional la estructuran las siguientes dimensiones: psicológica, cultural, histórica, territorial y política, donde las élites cumplen una  función importante en la construcción de la misma a través de estrategias[2] implementadas por el Estado-nación (2009:23).

 

La extensión de este texto no permite hacer un exhaustivo análisis de todas las dimensiones, por lo cual se tratará de condensar sus definiciones comenzando por lo que entendemos como identidad. Ésta es una interpretación de lo que es el yo al establecer qué es el sujeto, dónde se sitúa tanto en lo psicológico como en lo social. La identidad es activa, ya que el sujeto actúa en un sistema contextual de las relaciones y las representaciones sociales, donde reconoce a los demás y es reconocido por los otros sujetos. O sea que en el sujeto existe una capacidad de autorreflexión que le permite reafirmar sus particularidades como diferencias respecto a los demás. Melucci define la identidad «como la capacidad reflexiva de la acción [esto es, una representación simbólica de ella] más allá de un contenido específico» (1982:62). Contenido que, según el autor,  está limitado en cualquier momento por el entorno y por la estructura biológica. Esta acción reflexiva, sin embargo, demanda que el sujeto-actor tenga un sentido de pertenencia, así como de continuidad temporal, lo cual trasforma a ese sentido de pertenencia y de continuidad en elementos claves de la categoría que nos ocupa: la identidad nacional.

 

Fundamentándose en la definición de conciencia nacional, entendida como movimiento que implica sujetos, procesos, contextos y tiempos, con miras a perpetuar al colectivo ––lo que fue, es, piensa, sostiene, siente, hace y lo que se espera; esencia de la vida en sociedad–– propicia una conciencia de identidad nacional, a manera de una matriz axiológica-ideológica colectiva,  un estilo de vida donde se comparten símbolos, lenguaje, cultura y espacio; además de una visión del mundo, del ser, el deber ser y poder ser del mexicano, de un nos-otros mexicano, de nación y de Estado (pueblo, gobierno y territorio), lo cual implica conocimientos, autodefiniciones, enlaces afectivos, reconocimientos y autocríticas para conservar y fortalecer nuestra cultura inacabada, nuestra comunidad imaginada e imaginaria en permanente circularidad y movimiento mutante que nos convoca a pertenecer a ella, identificándonos y permitiéndonos llegar a ser un alguien-histórico-en construcción.

 

En síntesis, la  identidad nacional es un sentimiento colectivo basado en la creencia de pertenecer a una comunidad imaginada como nación. Los sujetos que la integran, y a la vez se integran a ella, comparten un vínculo emocional, no racional pero tampoco irracional, que los hace pensar y decir el hecho de compartir la idea de tener ancestros comunes, no necesariamente comprobados por la historiografía del lugar. Sin embargo, los atributos reales o inventados que comparten los integrantes de la nación son importantes en ese sentimiento colectivo de pertenencia y de continuidad, aunque muchas veces dichos atributos son estereotipos creados con la selección de rasgos distintivos de una identidad nacional fluida y cambiante, cuyo origen está en la modernidad.  En la actualidad dicha categoría se vincula con el proyecto de Estado-nación.[3]

 

En cuanto a las dimensiones que estructuran la identidad nacional, encontramos la psicológica, factible de ser definida como el sentimiento compartido  por un grupo numeroso de personas que supera la razón, donde el enaltecer esa idea de nación eleva la autoestima de las mismas, haciendo de sus vidas algo trascendental. Las instituciones nacionales se encargan de honrar a las personas que defienden y promueven la nación en los ámbitos internacionales, como sucede con el deporte por ejemplo.

 

En cuanto a la dimensión cultural caracterizada también por el factor emocional, constituye el legado de valores, creencias, costumbres, convencionalismos, hábitos, lengua y las prácticas sociales que una generación pasa a sus descendientes. Hay autores que definen la nación como una entidad cultural, por ejemplo, Deutsch cree que son fundamentales los procesos de comunicación en la creación de sociedades y culturas con alto grado de cohesión. Esta dimensión se estructura con la antigüedad, el origen y el fenómeno de masas o de élites.  En otras palabras, la imagen de nación es producto de la historia, de las mezclas y del cambio. 

 

Respecto a la antigüedad diremos que se utiliza para dar legitimidad a la nación y a la cultura. Es ella la que alimenta la creencia subjetiva de una relación familiar que se desarrolla en el seno de la nación, lo que ha dado lugar a la existencia de posturas que enfatizan el indianismo, el occidentalismo, el mestizaje, la yuxtaposición o el hibridismo cultural; en cambio, a la cultura se le percibe como la manera particular de estar en el mundo.  En cuanto al origen, a la luz del posmodernismo, las teorías deconstruccionistas de la cultura tratan las construcciones políticas de una versión específica y autorizada de la cultura, reconfigurando el pasado de acuerdo a las demandas del presente para garantizar la continuidad de dicho pasado.  Respecto al fenómeno de masas o de élites,  a través de las tradiciones, los símbolos y los rituales, las primeras y las segundas se aúnan como miembros de la misma nación superando las diferencias sociales. A tal punto llega esta situación que, en algunos casos, el Estado-nación opta por el multiculturalismo y la incorporación de elementos a la cultura dominantes, cuidadosamente seleccionados de las minorías étnicas.

 

En relación con la historia, su uso selectivo contribuye a la memoria colectiva, haciendo factible la construcción de cierta imagen de la nación forjadora del carácter nacional; es esta ciencia social la que acerca a sus ancestros a la comunidad, fortaleciendo la creencia subjetiva de formar parte de una gran y extensa familia.

 

Otra dimensión de la identidad nacional es el territorio, mismo que la gente llega a concebir como encarnación de las tradiciones, la historia y la cultura de la nación, compartible con sus ancestros y, a la vez, el que se lega a las nuevas generaciones a tal punto, que la defensa del medio ambiente ocupa hoy un lugar privilegiado en el concepto de la identidad nacional.

 

Finalmente tenemos la dimensión política  definida en muchos casos como la propiedad que comparten los ciudadanos de un Estado-nación; ella incorpora las propiedades de racionalidad jurídica, el orden y el poder. Aplicada al concepto de Estado-nación, la dimensión política está en función de un Estado que actúa en la construcción de una sociedad cohesionada a través de estrategias generadoras de ciudadanos, cultural y lingüísticamente homogéneos. En ello juegan un papel preponderante la educación y la comunicación que, con impronta nacionalista, promueven la cultura nacional y una lengua oficial; así, el Estado-nacional favorece el cultivo en la ciudadanía de una identidad nacional diferenciada.[4]  

 

Estas dimensiones son utilizadas por el Estado-nación en la construcción de la identidad nacional.  El Estado sigue ciertas estrategias, por ejemplo:

 

  • La creación y empleo de una imagen de nación basada en el grupo étnico preponderante dentro de las fronteras del Estado, cuyos ciudadanos comparten una historia, una cultura y un territorio definido.
  • El uso de símbolos y rituales que reafirman la conciencia de comunidad.
  • El desarrollo de la ciudadanía como el ejercicio de derechos y de deberes, lo que provoca un sentimiento de lealtad hacia el Estado que los depara.
  • La creación de enemigos comunes ya sean reales o inventados.
  • Un sistema de educación y medios de comunicación consolidados, que conllevan la diseminación de la imagen de nación, plasmada a través de los valores, símbolos, rituales, principios, tradiciones y modo de vida que comparten los ciudadanos y que los hace actuar en consonancia con el deber ser del buen ciudadano.

 

Sin embargo, renglones más arriba se dijo que las estrategias que implementa el Estado-nación para construir la identidad nacional se ven forzadas a cambiar en el contexto de la globalización a lo cual agregamos la idea de que la propuesta neoliberal ha debilitado al Estado por las sucesivas concesiones que como suprainstitución hace a la iniciativa privada, lo cual influye en las prerrogativas que como Estado-nación tuvo en la Época Moderna de manera que, al llegar a la posmodernidad, éstas se vean mermadas.

 

 A manera de cierre

 

La globalización y el neoliberalismo obligan a los Estados actuales a enfrentar desafíos que demandan nuevas estrategias. Entonces asumamos que nuestra identidad nacional está en crisis y comencemos a plantearnos interrogantes: ¿cómo construir una identidad nacional dejando la educación y la comunicación a cargo de intereses particulares?, ¿cuál es la imagen de la nación que guía?, cuando todo parece haberse apostado a la ley de la oferta y la demanda del mercado, ¿cómo organizar a los tres poderes del Estado para que de manera coherente acuerden medidas que contemplen y exijan con equidad a todos los ciudadanos en momentos en que se habla de la democracia?, ya que paralelamente hay menos ricos con más riquezas y más pobres con menos posibilidades de subsistir; ¿cómo confrontar posiciones de subordinación para crear una identidad nacional que restablezca nuestras particularidades si existen situaciones ocasionadas por la economía o el temor o cualquier otro motivo?, ¿cómo construir identidades particularidades ––como las de género, la indígena y otras–– ante la institucionalización y homogenización de los valores nacionales?, ¿qué significa la identidad nacional en un contexto global, intercultural, de mundialización, de desdibujamiento de los contornos, de ruptura ––desterritorialización–– de las fronteras culturales y comerciales, de disolución del Estado-nación?; al hablar de la identidad nacional en esta primera década del siglo XXI, ¿podemos referirnos a una realidad nacional o tenemos que aducir a una realidad mundial-planetaria?

 

Las realidades y los cuestionamientos planteados hablan claramente de la compleja crisis en que se vive; no obstante esa posición subordinada[5] que hoy atraviesa México es crucial para la experiencia del desafío que implica la construcción de una nueva identidad nacional. Al decir de LaCapra: «La formación de la identidad podría definirse en términos no esencialistas como el conflictivo intento de configurar y en cierta manera coordinar posiciones subordinadas en proceso» (2006:88).

 

Eso implicaría un intento significativo de la acción individual y/o colectiva para lograr una posición que, aunque permanezca en la categoría de subordinada, no lo sea de victimización, lo cual ya sería un paso hacia la identificación individual y/o colectiva de los que sentimos válido llamarnos mexicanos.

 

REFERENCIAS

 Anderson, Benedict (2005) Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México: FCE.

 Deutsch, Karl (1966) Nacionalismo y comunicación social. Nueva York: MIT press/Wiley.

 Guibernau, Montserrat (2009) La identidad de las naciones. Barcelona: Ariel.

 LaCapra, Dominick (2006) Historia en tránsito. Experiencia, identidad, teoría crítica. México: FCE.

 Melucci, Alberto (1982) L’invenzione del presente: movimenti, identitá, bisogni individuale. Bolonia: Il Mulino.

 Paz, Octavio (1959) El laberinto de la soledad. México: Cuadernos Americanos.

 Vázquez, Josefina (2009) «De la Independencia a la consolidación republicana». En Pablo Escalante et al. Nueva historia mínima de México. México: El Colegio de México.

 Artículo publicado en la revista Entretextos núm. 4 de la UIA León.



[1] Morelos, ideólogo del movimiento insurgente en Nueva España, fue de esas contadas excepciones en que sí se tuvo en cuenta los sectores desposeídos del régimen colonial. Fue el 14 de septiembre de 1813 en la inauguración del Congreso de Chilpancingo que el líder mencionado, en el documento titulado Sentimientos de la nación, promueve la libertad de América, que la soberanía dimanaba del pueblo, que el régimen debía de ser republicano con los poderes divididos en tres, con leyes iguales para todos que moderaran la opulencia y la indigencia; lamentablemente el sector criollo, encabezado por Rayón, se encargó de eliminar no sólo al mismo Morelos, sino a todos los elementos realmente democráticos del proyecto Estado-nación, intencionados por este líder (Vázquez, 2005:148).

[2]   Muchas de estas estrategias se están trasformando en el contexto de la globalización.

[3] Hay casos en que  la memoria colectiva de algunas personas comparten la idea de un pasado que los hizo independientes de otras naciones. Eso las hace ser naciones sin Estado, como el caso de Cataluña, el País Vasco, Escocia o Quebec.

 [4] Se habla de «identidades diferenciadas» porque las personas pueden tener una identidad  intrínseca, diferente per se a la identidad nacional; también porque puede ser originada fuera de las fronteras del Estado-nación; otras personas pueden ser ciudadanos con plenos derechos en un Estado con el cual no se identifican.

 [5] Esa «posición subordinada» implica el reconocimiento del otro, lo cual significa un notorio avance en el reconocimiento de sí mismo.

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